Ciudad De México, 27 de junio de 2026.- La generación del columnista creció en un ambiente donde la figura del maestro era muy respetada, sobreviviendo recuerdos de la heroica escuela rural mexicana que llevó educación a rincones marginados. Eran tiempos que recibían ilusionados la construcción de un plantel y la llegada de los mentores, concretando México grandes esfuerzos educativos que dieron pie al llamado ‘milagro’ de crecimiento.
Ahora, en la mayor parte del país, las escuelas y los profesores no faltan; sin embargo, la profesión docente se ha burocratizado y se ha perdido la mística de que educando se engrandece a la patria. Se ha puesto de moda el vituperio de los maestros y el menosprecio por su quehacer cotidiano, tras pasar por dos sexenios de enemigos de la educación laica y popular establecida por la Constitución, donde las autoridades en materia educativa vituperaron al gremio magisterial en su conjunto.
Pese a este escenario, por cada ejemplo nocivo de maestro, hay muchos mentores verdaderamente admirables y venerables. El ‘cambio’ que se produjo en el año 2000, al que Jalisco se adelantó un lustro, conservó intacto el deterioro socioeconómico.
Se rescata el movimiento ‘cristero’ de los últimos años 20 y principios de los 30 como una intentona de anular conquistas revolucionarias y recuperar la fuerza del clero. En tiempos recientes se ha visto contra los maestros el mismo vituperio de los años 30, época en la que algunos de aquellos profesores fueron conocidos y admirados por el columnista, justificándose entonces las agresiones de que fueron víctimas los maestros.
Parece ser que se regresa a la época en que, aun desde el púlpito, se defendía el derecho de matar. Hubo un empeño cardenalicio por emprender un proceso de canonización masiva que culminó el 21 de mayo de 2000, donde fueron 26 los nuevos santos, 19 de los cuales eran oriundos de la misma arquidiócesis de Guadalajara.
