Bagdad, 31 de mayo de 2026.- Hace un mes, el Café Shabandar, fundado en 1904, era un destino turístico favorito en una ciudad que a mediados del siglo XIX fue uno de los faros intelectuales de Oriente Medio. Un proverbio árabe resumía su importancia regional: “Cairo writes, Beirut publishes, and Baghdad reads”. Sin embargo, dos décadas después de la invasión estadounidense de 2003, la realidad de la capital iraquí refleja un profundo deterioro social y económico.
La invasión de 2003 dejó decenas de miles de muertos, desató una guerra civil entre 2006 y 2008, y alimentó el auge del grupo yihadista Estado Islámico (ISIS), cuya lucha en Irak se extendió entre 2014 y 2017. La violencia dejó huellas imborrables en lugares emblemáticos como el Café Shabandar, donde en 2007 un atentado con coche bomba reivindicado por Al Qaeda mató a 80 personas e hirió a decenas. “This is where the car bomb exploded, killing 80 people and injuring dozens”, señaló Omar al Jushali sobre el sitio del ataque.
El impacto económico fue inmediato y severo. Según datos del Banco Mundial, el PIB de Irak se desplomó casi un 40% tras la invasión, hasta situarse en unos 17.000 millones de euros. La estructura productiva del país quedó marcada por una dependencia extrema de los hidrocarburos: entre el 90% y el 95% de los ingresos del estado iraquí dependen del petróleo.
Aunque la crisis energética de 2022, desencadenada por la invasión rusa de Ucrania, llenó temporalmente las arcas del estado, la vulnerabilidad del modelo persiste. El cierre del Estrecho de Hormuz este mes ha provocado que los ingresos estatales iraquíes caigan un 70%. Ante la falta de diversificación, el empleo en el sector público representa casi el 42% del mercado laboral total en Irak, dos décadas después del inicio del conflicto.
